Investigar por amor al arte (y por qué la mentalidad empresarial no encaja con la inercia académica)
- Gabriel Marín
- 13 jun
- 4 min de lectura

Mi profe se cree que me voy en el bus... ¡pero yo hago lo que quiero porque soy una punk! https://youtu.be/R4O_SLy-Tpg?si=uoWgvqcaRnNE6xRm
Hay dos formas de habitar el ecosistema universitario: los que buscan el estatus a través de la inercia y los que estamos aquí porque, sencillamente, nos apasiona enseñar y nos fascina investigar. Quienes pertenecemos al segundo grupo le robamos horas al sueño, sacrificamos fines de semana y dedicamos muchísimo tiempo personal a pensar, probar código, devorar papers y resolver problemas complejos por el puro placer de expandir el conocimiento.
Venir del mundo empresarial tras 30 años de carrera te da una perspectiva radicalmente distinta. Te dota de una cultura del esfuerzo orientada a objetivos, agilización de procesos y una tolerancia cero hacia la burocracia inútil. En la empresa, el valor se demuestra con resultados ejecutados, no con tiempos de espera. Por eso, cuando chocas con la "realeza" académica, el contraste es cultural. Una aristocracia de pasillo que se llena la boca criticando la agilidad de los canales editoriales modernos (como las revistas indexadas en el JCR con un Factor de Impacto competitivo y una revisión dinámica), argumentando con condescendencia que la buena ciencia debe cocinarse a fuego lento. Para ellos, si un artículo no pasa un año cogiendo polvo en el sistema de una editorial tradicional, carece de rigor. Confunden la lentitud burocrática con la excelencia, quizás porque el inmovilismo justifica su propia falta de dinamismo.
Del postureo colectivo al golpe en la mesa
Los inicios en este entorno suelen ser colaborativos, pero cuando aplicas una dinámica de alta productividad empresarial, la fauna académica reacciona con patrones muy curiosos. Tras constatar que gran parte del acompañamiento inicial era puro "figureo" y postureo, decidí dar un golpe en la mesa y demostrar mi capacidad en solitario.
Sin embargo, la vocación de hacer grupo e impulsar a los demás te lleva a dar segundas oportunidades. Pero los resultados, los mismos de siempre: cero aportaciones, ninguna idea sobre la mesa y un silencio absoluto mientras el trabajo duro recaía en las mismas manos.
En esa fauna te encuentras de todo:
Las solicitudes de auxilio: Esos perfiles que pretenden sumarse a un proyecto argumentando que "están oxidados y necesitan ayuda". Una ayuda que raras veces se traduce en arrimar el hombro aportando ideas o redactando código, sino más bien en figurar gratis en el esfuerzo ajeno.
El compromiso fantasma: Promesas de implicación activa que terminan diluyéndose con las semanas. No aportan una sola línea de desarrollo ni una corrección técnica... hasta que el manuscrito está listo para enviar.
El pánico al dogma corporativo: Es fascinante ver cómo perfiles de gestión tradicional se paralizan cuando se les invita a liderar iniciativas dinámicas, como la coordinación de un número especial internacional. Prefieren escudarse en el comodín de las etiquetas burocráticas del "qué dirán" antes que asumir el volumen de trabajo real que exige la vanguardia editorial. El miedo a salirse del manual oficial les lleva a perder los trenes que otros ponemos en marcha.
Hace tiempo, un perfil de esos que hace años que no escriben una línea de código ni procesan un dataset de verdad me soltó, intentando sonar despectivo, una etiqueta: me llamó "lobo solitario". Curioso apelativo. Suele utilizarse en la universidad cuando comprueban con frustración que avanzas de manera autónoma, encadenando decenas de publicaciones JCR (Q1 y Q2) en tiempo récord y sin necesidad de pedir un permiso que solo busca retenerte o capitalizar tu trabajo.
El contraataque punk: Yo solito
Por eso, mis últimos proyectos han tomado un rumbo independiente. El año 2025 en todas las publicaciones fui como único autor, y en este 2026, mi artículo actual sobre Inteligencia Artificial explicable (XAI) aplicada a la astrofísica y la polarización del Fondo Cósmico de Microondas (CMB), y el que acabo de publicar dedicado al modelado de preferencias vocacionales en estudiantes STEM (Modeling Vocational Preferences in STEM Students Through Explainable and Fuzzy AI to Support Personalized Learning), los firmo y los firmaré yo solito. Sin lastres, sin compromisos heredados y sin firmas de favor.
Hace unos días llegaron los comentarios de "cambios mayores" para el paper del CMB, exigiendo métricas de estabilidad cuantitativas complejas en un plazo récord. ¿La respuesta? Enviada el mismo día.
Cuando investigas por verdadera vocación, lideras tu propio grupo de investigación, controlas al milímetro el repositorio de código y has ejecutado tú mismo los test de estrés, vuelas. No necesitas pedir una prórroga de tres meses para contentar la parálisis del entorno. Necesitas una tarde, un café y el rigor que da haber hecho el trabajo de campo de principio a fin.
A partir de aquí, mi política de colaboración ha quedado blindada: no comparto autoría en un manuscrito hasta que no sea al revés, hasta que me demuestren con hechos que algún potencial colaborador puede aportar algo. Se acabó financiar currículums ajenos con tiempo personal.
Frente a quienes se atribuyen derechos dinásticos, frente a los puristas de la inercia y frente a quienes temen al dinamismo del siglo XXI, reivindico el derecho a investigar bajo mis propias reglas. Toca cerrar la puerta del despacho, ponerse los cascos y aplicar el manual: liderar los proyectos, hacer lo que funciona y publicar en solitario. Porque, como decían Aerolíneas Federales en los 80... yo hago lo que quiero.
Aquí os dejo el himno original para recordar quién maneja la trinchera:
👉 Ver "Soy una Punk" de Aerolíneas Federales en YouTube



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