Educar es seguir apostando por el pensamiento crítico, aunque nadie lo aplauda
- Gabriel Marín
- 2 abr 2025
- 1 Min. de lectura
Actualizado: 3 abr 2025

Cada año que pasa, enseñar en la universidad se parece menos a lo que fue, y más a una especie de batalla silenciosa. Contra la desmotivación. Contra la inmediatez. Contra la falta de hambre intelectual.
He decidido no rendirme. Intento no limitarme a explicar estructuras y conceptos físicos, matemáticos o informáticos. Propongo algo más: Pensar. Aplicar. Simular el mundo. Modelar y analizar cualquier tipo de estructura, desde Galaxias hasta problemas del mundo empresarial. Hacer simulaciones físicas. Descubrir patrones. Aprender a pensar para descubrir.
No es simplemente aprender código o ecuaciones. Es aplicar libertad intelectual. ¿El resultado? Algunos alumnos se maravillaron. Otros copiaron. Y unos cuantos… se rieron.
Pero si algo me está enseñando estos años dedicados a la enseñanza es que los estudiantes no necesitan más concesiones. Necesitan referentes. Profesores que no bajen el nivel, que no simplifiquen la complejidad, que digan: “esto vale la pena, pero no es gratis”.
Porque no se trata solo de saber Física, Estadística, Python o Machine Learning. Se trata de recuperar el valor del pensamiento crítico, de la autonomía, de la curiosidad sin atajos.
Y si algún alumno —ahora o dentro de cinco años— recuerda el curso como un lugar donde algo hizo clic, entonces todo esto habrá tenido sentido.
A los docentes que dudan si seguir: os entiendo. A los que aún apuestan por la exigencia, la belleza del rigor y la ciencia sin espectáculo: os admiro.



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