Los de los 60 y 70… y ese algo que llevamos dentro
- Gabriel Marín
- 20 abr 2025
- 3 Min. de lectura

Nacimos en los años 60 y 70. A medio camino entre la televisión en blanco y negro y el nacimiento de Internet. Entre la máquina de escribir y el primer PC. Entre jugar en la calle y programar en BASIC. Y aunque nadie lo sabía entonces, íbamos a ser los primeros en casi todo.
Fuimos niños con calles abiertas, tardes que no terminaban, todo el rato jugando, y rodillas peladas. No necesitábamos mucho: una pelota, unas tizas, una cuerda, las manos, cualquier cosa valía para montar una aventura. En mi caso, el fútbol de niño y a partir de los 16 años el baloncesto fue un vicio, aunque nunca pasé del 1,65. Pero lo disfrutaba como si midiera dos metros.
Teníamos unas ganas tremendas de hacer cosas. Lo importante no era tener, porque no había mucho, sino las ganas. No teníamos videoconsolas, ni ordenadores, ni móviles… pero hacíamos maravillas con lo que teníamos. Ballestas con pinzas de tender, globos clavados en botellas, carreras con cajas, pistas de chapas, juegos inventados. ¿Peligroso? Tal vez. Pero sobrevivimos. Y lo pasábamos de muerte.
La música no estaba a un clic de distancia. Los discos eran caros, los cassettes también. Así que yo escuchaba una emisora pirata que marcó mi vida: Radio La Voz de la Experiencia, de la Cadena del Wáter. El nombre ya era la leche, y sobre todo aprendí a no tener complejos por nada, libertad el valor más preciado, allí descubrí a Jethro Tull, con su flauta imposible; a la Creedence, a Siniestro Total, a la Orquesta Mondragón... Música que aún hoy me hace cerrar los ojos.
Y también estaban las máquinas de los marcianitos. Recuerdo pasarme horas en el bar del barrio (el bar de Manolo), con 10 - 12 años, solo mirando cómo jugaban los mayores. No tenía ni un duro, pero me quedaba embobado con todo aquello… ¡Cómo soñaba con tener algo así en casa! Cuando por fin pude jugar con mis amigos, era una fiesta. Una fiesta de 8 bits.
Todo eso, de alguna forma, nos entrenó. Porque sin saberlo, nos estábamos preparando para lo que venía: el salto al mundo digital. Nos tocó aprender desde cero, sin tutoriales, sin YouTube, sin nadie que nos lo explicara. Y aprendimos. A programar, a configurar, a reparar, a entender cómo funcionaba un sistema antes de que nos lo explicaran.
Fuimos pioneros sin ningún tipo de mapa, eso sí con "Encuentros en la Tercera Fase" (película). No porque buscáramos serlo, sino porque era el único camino. Y muchos seguimos en esto por pasión. En mi caso descubrí a Carl Sagan, y la serie Cosmos, cuántas ganas de aprender me despertó.
Y todo esto nos ayudó a abrir la mente y nos dio herramientas para pensar, para crear, para enseñar.
Venimos de una escuela muy clara: la del esfuerzo. En mi casa no se regalaba nada. Se trabajaba, se ayudaba, se aprendía por repetición y por necesidad. Nuestros padres no sabían de innovación, pero sabían de valores. Nos enseñaron a terminar lo que empezamos. A trabajar hasta que el cuerpo aguante.
Y eso lo llevamos dentro. Lo aplicamos en todo. En la universidad, en el trabajo, en los proyectos que empezamos sin saber muy bien a dónde iban. Como les digo hoy a mis alumnos: de la universidad te llevas dos cosas: los amigos y las ganas de aprender más. Porque si algo aprendes en serio allí es que no sabes nada… y que eso está bien.
Somos la generación puente. Conectamos lo sólido y lo líquido, lo analógico y lo digital, lo lento y lo instantáneo. Nos criamos con Mazinger Z, con Orzowey, y con los Payasos de la Tele, qué grandes. Jugábamos con chapas, y ahora enseñamos con IA. Y todo lo llevamos dentro, sin traumas. Con una mezcla de nostalgia, lucidez, humor y acidez.
Quizá no salgamos en los rankings ni en los documentales. Pero somos los que hicimos que esto funcione. Los que cableamos el futuro sin saber que era el futuro. Los que, cuando no había herramientas, las construimos. Y cuando no había referencias, nos convertimos en una.
Y sí… aún nos queda energía. Ganas. Ideas. Proyectos. Porque si algo tenemos los de nuestra generación es eso: hambre de vida, y ganas de seguir haciendo cosas.



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